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La ambulancia marítima durante la Revolución Cantonal de Cartagena: una innovación humanitaria y logística sanitaria (1873–1874)

J. Carlos García-Reyes

Universidad Complutense de Madrid, España

0000-0003-2825-0696 | juancgar@ucm.es

Fecha de recepción: 2 de octubre 2025
Fecha de aceptación: 30 de octubre 2025
DOI: https://doi.org/10.51829/Drassana.33.739
CC BY-NC-ND

RESUMEN

La Revolución cantonal de Cartagena (1873–1874) supuso un episodio clave del Sexenio Democrático español. Este artículo analiza la acción humanitaria de la Cruz Roja local, destacando la creación de hospitales de sangre y la primera ambulancia marítima a bordo del vapor Buenaventura. Se examinan las limitaciones jurídicas de la Convención de Ginebra de 1864, la aplicación pragmática de la neutralidad y la interacción entre asistencia civil y conflicto armado. El estudio combina fuentes contemporáneas, crónicas y bibliografía moderna, destacando la innovación logística y la proyección simbólica de la acción humanitaria en un escenario bélico complejo.

Palabras clave: Ambulancia marítima, Cruz Roja, Cantón de Cartagena, Convención de Ginebra, guerras civiles españolas del siglo XIX.

The maritime ambulance during the Cantonal Revolution of Cartagena: a humanitarian and healthcare logistics innovation (1873–1874)

ABSTRACT

The Cantonal Revolution of Cartagena (1873–1874) was a key episode of the Spanish Sexenio Democrático. This article analyzes the humanitarian action of the local Red Cross, highlighting the creation of field hospitals and the first maritime ambulance aboard the steamship Buenaventura. The limitations of the 1864 Geneva Convention, the pragmatic application of neutrality, and the interaction between civil assistance and armed conflict are examined. Contemporary sources, chronicles, and modern bibliography are used to emphasize logistical innovation and the symbolic impact of humanitarian action in a complex war scenario.

Keywords: Maritime ambulance, Red Cross, Canton of Cartagena, Geneva Convention, 19th-century Spanish civil wars.

L’ambulància marítima durant la Revolució Cantonal de Cartagena: una innovació humanitària i logística sanitària (1873–1874)

RESUM

La Revolució Cantonal de Cartagena (1873–1874) va ser un episodi clau del Sexenni Demòcratic espanyol. Aquest article analitza l’acció humanitària de la Creu Roja local, destacant la creació d’hospitals de campanya i la primera ambulància marítima a bord del vapor Buenaventura. Es tracten les limitacions jurídiques de la Convenció de Ginebra de 1864, l’aplicació pragmàtica de la neutralitat i la interacció entre assistència civil i conflicte armat. L’estudi combina fonts contemporànies, cròniques i bibliografia moderna, ressaltant la innovació logística i la projecció simbòlica de l’acció humanitària en un context bèl·lic complex.

Paraules clau: Ambulància marítima, Creu Roja, Cantó de Cartagena, Convenció de Ginebra, guerres civils españoles del segle XIX.

■ 1. INTRODUCCIÓN

La Revolución cantonal de Cartagena (1873–1874) constituye un episodio singular dentro del panorama de las guerras civiles españolas del siglo XIX. A diferencia de las confrontaciones carlistas, de carácter dinástico, rural y vinculadas a la defensa de estructuras sociales tradicionales, el movimiento cantonalista emergió como una propuesta de organización federal de la República, con un fuerte componente urbano, republicano y popular que lo convierte en una excepción en la tradición bélica peninsular. El Cantón Murciano1 ―también así llamado el de Cartagena― se erigió como la experiencia más relevante de aquel ciclo de insurrecciones cantonales, tanto por la prolongada resistencia de la plaza cartagenera como por la intensidad del asedio gubernamental que sufrió la ciudad, sometida durante seis meses a un bloqueo terrestre y naval que afectó duramente a su población civil.

La crisis política que condujo a la proclamación del Cantón Murciano estuvo estrechamente vinculada a las tensiones de la Primera República Española (1873–1874), nacida tras la abdicación de Amadeo i2. La inestabilidad del nuevo régimen, acosado simultáneamente por la oposición monárquica, el auge del carlismo en el norte, la persistencia de la primera guerra de independencia en Cuba iniciada en 1868 o el asunto del incidente del Virginius que estuvo a punto de llevar a la guerra con los Estados Unidos en octubre de 18733, se agravó aún más si cabe con las divisiones internas entre republicanos centralistas y federalistas4. Fue en este contexto donde Cartagena, dotada de un puerto estratégico y de una de las principales bases navales de España, se convirtió en epicentro de la insurrección. La capacidad de los cantonales para hacerse con los principales buques de guerra del arsenal cartagenero otorgó a la rebelión un carácter marítimo que condicionaría tanto su desarrollo militar como su posterior represión.

En este escenario de guerra civil, la acción de la Cruz Roja adquirió un protagonismo inesperado y revelador. La institución había sido fundada en España en 1864, coincidiendo con la firma de la primera Convención de Ginebra, y apenas contaba con una década de existencia cuando se enfrentó al reto de intervenir en un conflicto de naturaleza interna5. La ausencia de reconocimiento jurídico de las guerras civiles dentro del marco de la Convención de 1864, concebida exclusivamente para conflictos interestatales, obligó a los voluntarios cartageneros a una aplicación flexible y creativa de los principios humanitarios. Lejos de limitarse a una intervención formal, los miembros de la Cruz Roja de Cartagena desplegaron un conjunto de iniciativas destinadas a garantizar la neutralización de espacios hospitalarios y la atención indiscriminada de combatientes de ambos bandos, extendiendo los alcances prácticos del derecho internacional humanitario más allá de lo previsto en el tratado.

Entre dichas iniciativas destacó, de manera especialmente innovadora, la puesta en marcha de la llamada «ambulancia marítima», un recurso hospitalario flotante que se sirvió del vapor Buenaventura6 para asistir a los heridos de los combates navales entre la flota cantonal y la gubernamental. Esta experiencia, modestamente concebida, pero de gran trascendencia histórica, ha sido considerada el antecedente más temprano en Europa de un dispositivo sanitario marítimo organizado bajo la enseña de la Cruz Roja7. El hecho de que una sociedad local, en condiciones precarias y bajo el asedio más riguroso, lograra articular una solución sanitaria en el mar constituye un ejemplo notable de la capacidad adaptativa de las organizaciones humanitarias.

El objetivo de este artículo es analizar este episodio desde una doble perspectiva. En primer lugar, se estudiará la coyuntura política y militar de la Revolución cantonal, con especial atención al asedio de Cartagena y a las implicaciones jurídicas del decreto gubernamental que declaró pirata a la escuadra cantonal. En segundo lugar, se examinará el papel desempeñado por la Cruz Roja local, atendiendo tanto a su labor en hospitales de sangre y comedores populares como a la innovación logística y humanitaria que supuso la ambulancia marítima. Este análisis se inscribirá en el marco de las limitaciones de la Convención de Ginebra de 1864 y se pondrá en diálogo con experiencias posteriores de asistencia en conflictos navales. Finalmente, se abordará la recepción historiográfica y la memoria de este episodio, valorando su significación en la historia del humanitarismo y en la configuración temprana del derecho internacional humanitario en contextos de guerra civil.

Con ello, se pretende demostrar que la Revolución cantonal de Cartagena, más allá de su carácter insurreccional y político, constituye también un caso paradigmático de innovación humanitaria en condiciones de extrema adversidad, cuyo legado trasciende el marco local y se proyecta hacia la evolución del humanitarismo europeo en el tránsito del siglo XIX.

■ 2. HISTORIOGRAFÍA Y MEMORIA DE LA AMBULANCIA MARÍTIMA CARTAGENERA

2.1. Primeras fuentes y crónicas contemporáneas

El testimonio más directo de la acción de la Cruz Roja durante la Revolución cantonal se encuentra en las memorias y crónicas de la época8, especialmente en las obras de Saturnino Giménez Enrich (1853–1933): Cartagena: recuerdos cantonales (1875) y los Anales de la Cruz Roja (1874). Giménez Enrich ofrece un relato detallado de la labor de los voluntarios, los hospitales de sangre, la evacuación de heridos y, sobre todo, la operación del vapor Buenaventura como ambulancia marítima.

Sus narraciones, aunque en parte noveladas, combinan datos documentales con observaciones de primera mano, describiendo el riesgo de los bombardeos, la escasez de recursos y la tensión moral de asistir a combatientes de ambos bandos. La obra enfatiza la figura de Antonio Bonmatí, tanto por su liderazgo logístico como por su capacidad de negociación con las autoridades militares. Asimismo, resalta la participación de la Sección de Señoras de la Cruz Roja, pionera en visibilizar el protagonismo femenino en la asistencia humanitaria en España9.

A estas crónicas se suman noticias dispersas en la prensa de la época. Los periódicos cantonalistas presentaban la acción del Buenaventura como símbolo de solidaridad civil10, mientras que los órganos afines al Gobierno central, aunque críticos con la insurrección, reconocían implícitamente la utilidad del barco hospital al señalar que los heridos merecían atención sin distinción de bando.

En conjunto, estas fuentes configuran una memoria inmediata y bastante oficialista, moldeada por las necesidades políticas y morales del momento, que pretendía legitimar la labor de la Cruz Roja frente a las desconfianzas de una sociedad polarizada. Son, por lo tanto, fuentes muy limitadas en la construcción del episodio, tanto por su dispersión como por su noción de «historia oficial».

2.2. Historiografía del Cantón de Cartagena

Durante el siglo XX, la historiografía española se centró en analizar la Revolución cantonal desde ángulos políticos, militares y diplomáticos, relegando la dimensión humanitaria a un segundo plano.

Entre los estudios más relevantes se encuentran lo de Marie Alice Medioni (1979)11 y Juan Bautista Vilar (1983)12, quienes analizaron la estructura política y militar del Cantón Murciano, con sólo referencias tangenciales a la acción de la Cruz Roja. También los de Antonio Crespo (1990)13 y José Barón Fernández (1998)14, enfocados en el papel internacional del Cantón y en la relación con potencias europeas, particularmente Alemania15, sin detenerse demasiado en la dimensión sanitaria. La aportación de la historiadora francesa Jeanne Moisand (2023)16 ha venido a ofrecer una nueva visión externa a la tradicional historiografía hispánica.

En paralelo, la reedición de La primera ambulancia marítima de Antonio Puig Campillo (1930, reimpresa en 1988) otorgó nueva visibilidad a la Cruz Roja cartagenera. Puig Campillo construyó una narrativa que funcionó como historia casi oficial de la institución, al documentar minuciosamente hospitales de sangre, evacuaciones y operaciones del Buenaventura. Su obra consolidó la imagen de Cartagena como pionera en la innovación humanitaria y fue adoptada como referencia dentro de la Cruz Roja española. Así, durante décadas, la memoria del Buenaventura quedó preservada sobre todo en los márgenes de la historiografía oficial, mantenida viva por el esfuerzo institucional y por la historiografía local. De igual modo sobre la figura de Antonio Bonmatí el historiador Jover Zamora escribió: «En la revolución cantonal de Cartagena no hubo actos de barbarie, ni atisbos de separatismo; sino más bien un despliegue de humanismo activo, sin precedentes en la historia de nuestras contiendas civiles, que tendrá sus símbolos dentro de la plaza asediada y duramente bombardeada en la labor llevada a cabo por la Cruz Roja y en la noble figura de don Antonio Bonmatí»17. Muy especialmente importante ha sido el reciente trabajo doctoral de Eduardo Carrión (2023)18, que ha ofrecido una buena panorámica sobre la dimensión sanitaria acaecida durante el Cantón, pero escasa en cuanto al caso que nos ocupa.

2.3. Proyección internacional y debates comparativos

En la historiografía internacional, los hospitales flotantes suelen asociarse a la guerra de Crimea (1853–1856)19 o a la guerra de Secesión estadounidense (1861–1865)20. La principal diferencia radica en el origen de la iniciativa: mientras que en Crimea y en Estados Unidos los buques hospital fueron organizados por los Estados y por autoridades militares, en Cartagena surgieron de la sociedad civil, liderada por voluntarios de la Cruz Roja local sin respaldo estatal ni internacional. Esta característica convierte al Buenaventura en un precedente único, en el que la sociedad civil tomó la delantera frente a los Estados en la creación de soluciones humanitarias.

Al compararlo con otras experiencias, como la Comuna de París (1871), donde también se plantearon dilemas sobre la neutralidad de la asistencia en conflictos internos, se observa que Cartagena anticipó debates que luego serían centrales en la codificación humanitaria del siglo XX.

■ 3. CONTEXTO HISTÓRICO DE LA REVOLUCIÓN CANTONAL

La caída de Isabel II en 1868 inauguró el denominado Sexenio Democrático o Revolucionario, un periodo convulso de la historia contemporánea española caracterizado por la experimentación política y la multiplicación de conflictos internos21. La revolución de septiembre de 1868, conocida como La Gloriosa, abrió paso a una etapa de transición en la que diversos proyectos de Estado se sucedieron con rapidez y dificultad. Tras la formación de un gobierno provisional y la regencia del general Serrano, España buscó estabilizarse con una monarquía parlamentaria encabezada por Amadeo i de Saboya. Sin embargo, el experimento resultó fallido ante la hostilidad de las élites conservadoras, la oposición carlista y la debilidad de las bases sociales de apoyo, lo que precipitó su abdicación en febrero de 1873.

En ese vacío de poder, se proclamó la Primera República, que nació con serias dificultades. El nuevo régimen republicano se encontró desde sus inicios acosado por frentes múltiples con la reactivación del movimiento carlista en el norte de la península, la continuación de la guerra colonial en Cuba, la fragmentación entre republicanos federales y centralistas y la resistencia de los sectores monárquicos que aspiraban a restaurar los Borbones. Esta combinación de presiones externas e internas debilitó el proyecto republicano hasta extremos insostenibles.

Dentro de ese marco de crisis, el federalismo se convirtió en uno de los ejes centrales del debate político. Mientras los republicanos moderados, liderados por Pi y Margall, defendían una transición ordenada hacia un modelo federal pactado desde arriba, los federales intransigentes reclamaban la implantación inmediata del federalismo desde la base, mediante la proclamación de cantones autónomos en distintas ciudades y regiones. Fue esta última estrategia la que desembocó en una oleada de insurrecciones cantonales en el verano de 1873.

3.1. El Cantón de Cartagena

Entre todas las insurrecciones cantonales, la de Cartagena se erigió como la más duradera y significativa. El 12 de julio de 1873 se proclamó oficialmente el Cantón Murciano, con la ciudad portuaria como epicentro de la revuelta. La elección de Cartagena no fue casual al tener esta localidad una importante tradición republicana, una sociedad civil movilizada y, sobre todo, recursos militares de gran valor estratégico. Como sede del Arsenal y de la principal base naval de la Armada española en el Mediterráneo, Cartagena contaba con un arsenal de artillería y con buques de guerra de primer orden.

Los cantonales lograron hacerse con el control de fortalezas costeras y con varios navíos de la Armada, entre ellos la fragata Almansa, la fragata Vitoria, la Méndez Núñez y el vapor Fernando el Católico. Este dominio del mar dotó a los insurrectos de una capacidad de resistencia inédita frente al Gobierno central y transformó el conflicto en un desafío de alcance nacional. El movimiento cantonal se articuló bajo el liderazgo de figuras carismáticas como Antonio Gálvez Arce, conocido como Antonete22, y Roque Barcia23, intelectuales y activistas que defendían la instauración de una república federal auténtica e inmediata.

Esta radicalidad chocó con los intentos del Gobierno republicano de negociar un federalismo desde arriba. El presidente Pi y Margall, simpatizante del federalismo, se vio atrapado entre la presión de los intransigentes y la necesidad de mantener el orden estatal, lo que precipitó su dimisión. Su sucesor, Nicolás Salmerón, adoptó una línea mucho más dura que derivó en la represión militar de los cantones.

3.2. El asedio y la declaración de piratería

Uno de los episodios más significativos del conflicto fue el asedio de Cartagena, que se prolongó durante casi seis meses, desde agosto de 1873 hasta enero de 1874 (Imagen 1). El Gobierno central, incapaz de sofocar la insurrección por vías políticas, recurrió a medidas extremas. El 20 de julio de 1873 se dictó un decreto que declaraba piratas a los buques cantonales, con el objetivo de deslegitimar jurídicamente sus operaciones y permitir a potencias extranjeras apresarlos en alta mar. Esta declaración colocó a los combatientes cantonales fuera de la legalidad bélica, privándolos de cualquier estatuto de prisioneros de guerra y exponiéndolos a ser tratados como delincuentes comunes:

DECRETO.

Articulo 1º.· Las tripulaciones de las fragatas de la Armada nacional Almansa, Vitoria y Méndez Núñez, la del vapor Fernando el Católico, y la de cualquier otro buque de guerra de los sublevados en el departamento de Cartagena, serán considerados como piratas al encontrárseles en los mares jurisdiccionales de España ó fuera de ellos por fuerzas navales españolas ó extranjeras, con arreglo á los artículos 4º, 5º y 6º; tít. V, tratado VI de las Ordenanzas generales de la Armada.

Art. 2.· Los comandantes de los buques de guerra de las potencias amigas de España quedan autorizados para detener á los buques mencionados en el art. 4.·, Y juzgar á los individuos que los tripulen en el concepto que el mismo expresa; reservándose el Gobierno español la propiedad de los buques, previas las correspondientes reclamaciones por la vía diplomática.

Art. 3.° Igualmente se declaran piratas cualesquiera otros buques de la Armada nacional que, sin hallarse mandados por oficiales de la misma y en estado de insurrección, se hagan á la mar desde cualquier puerto de la Península.

Art. 4º. El Ministro de Marina queda encargado del cumplimiento de este decreto, y de comunicarlo al de Estado para conocimiento del cuerpo diplomático extranjero.

Madrid veinte de Julio de mil ochocientos setenta y tres.-El Presidente del Gobierno de la República, Nicolás Salmerón.- El Ministro de Marina, Jacobo Oreyro24 [sic].

Imagen 1. Martín Ferreiro (autor). Croquis del sitio de Cartagena [Material cartográfico] (1873).
Fuente: Biblioteca Nacional de España.

El sitio se desarrolló en dos frentes: por un lado, con un bloqueo naval, destinado a impedir el aprovisionamiento de la ciudad, y por el otro un asedio terrestre, que cerraba la salida por el interior25. Las condiciones para la población civil se tornaron críticas, con la aparición del hambre y las epidemias de tifus y viruela, la falta de recursos médicos y los bombardeos sistemáticos que provocaron un elevado número de víctimas. Los combatientes cantonales, aunque contaban con un fuerte espíritu de resistencia, fueron progresivamente debilitados por la carencia de víveres y de apoyo exterior.

Este escenario de guerra total urbana y marítima generó una crisis humanitaria de gran magnitud. La ciudad, aislada del resto del territorio, se convirtió en un laboratorio de improvisación asistencial con hospitales de campaña instalados en conventos, la improvisación de redes de socorro civil y, de manera pionera, la creación de una ambulancia marítima destinada a trasladar heridos por vía naval.

3.3. Antecedentes humanitarios en España

La dimensión humanitaria del conflicto no puede entenderse sin atender a la trayectoria previa de la Cruz Roja española, fundada en 1864 bajo el impulso de médicos militares como Nicasio Landa (1830–1891). Desde sus orígenes, la institución se vinculó estrechamente a los debates europeos sobre el humanitarismo de guerra. Durante la Guerra Franco-Prusiana (1870–1871), España envió delegados a los frentes europeos, lo que proporcionó a la Cruz Roja experiencia internacional y prestigio en los círculos humanitarios26.

En el ámbito interno, la Segunda Guerra Carlista (1872–1876)27 ofreció a la Cruz Roja un escenario para aplicar sus principios en territorio nacional. Las secciones locales organizaron hospitales de sangre, atendieron heridos de ambos bandos y defendieron la neutralidad del personal sanitario en un contexto de violencia civil28. Esta práctica temprana consolidó la legitimidad de la institución y sentó las bases para su expansión provincial.

Cuando estalló la Revolución cantonal, la sección cartagenera de la Cruz Roja se encontraba relativamente organizada y con cierta experiencia. Sin embargo, el desafío que planteaba el asedio de Cartagena fue de una magnitud inédita. Se trataba de asistir simultáneamente a combatientes y población civil atrapada en una ciudad sitiada, bajo bombardeos constantes y con un componente naval de primer orden. La necesidad de adaptar la asistencia al mar llevó a concebir el vapor Buenaventura como un hospital flotante, lo que supuso una innovación sin precedentes en la historia del humanitarismo español y europeo.

El Cantón de Cartagena no fue sólo un episodio político-militar del Sexenio, sino también un espacio donde se tensaron los límites del derecho internacional y de la asistencia humanitaria. La confluencia de un conflicto interno, un asedio prolongado y la acción improvisada de la Cruz Roja generaron un escenario excepcional que anticipó debates jurídicos y prácticos posteriores sobre la neutralidad, la protección sanitaria y la humanización de la guerra en el mar.

■ 4. LA CRUZ ROJA EN CARTAGENA. ORGANIZACIÓN, HOSPITALES Y ASISTENCIA DURANTE EL ASEDIO

La Cruz Roja española había nacido oficialmente en 1864, apenas unos meses después de la firma de la Convención de Ginebra. Su creación respondió al impulso de médicos militares como Nicasio Landa29 y al apoyo de sectores filantrópicos y liberales, que vieron en la nueva organización un instrumento de modernización humanitaria y de prestigio internacional para el Estado30. Desde el inicio, la institución se vinculó de manera estrecha al Ejército y a la Marina, lo que le permitió desplegarse con rapidez en ciudades con guarniciones militares o puertos estratégicos.

En Cartagena, puerto militar de primer orden y sede del Arsenal, la fundación de una sección local se produjo en la década de 1860, cuando el humanitarismo comenzaba a penetrar en los círculos ilustrados de la burguesía local. Para 1873, la sección cartagenera ya contaba con un núcleo estable de socios y voluntarios. La composición de esta sección era heterogénea e incluía médicos civiles con experiencia en epidemias, personal sanitario militar acostumbrado al servicio en campañas, comerciantes interesados en reforzar su prestigio social y notables locales que entendían la filantropía como un deber cívico31.

La dirección recayó en Antonio Bonmatí Caparrós (1830–1907)32, figura clave en la historia humanitaria del siglo XIX español. Su liderazgo no sólo dio cohesión organizativa a la sección, sino que permitió una articulación eficaz entre la Cruz Roja local y las autoridades militares, municipales y religiosas de Cartagena.

4.1. Antonio Bonmatí y el liderazgo humanitario

Bonmatí, natural de Mazarrón y vecino de Cartagena, representaba el perfil típico de la burguesía progresista del Levante español. Hombre instruido, con sensibilidad social y convicciones republicanas moderadas, supo articular redes de apoyo para la Cruz Roja que resultaron decisivas durante el asedio. Descrito por sus contemporáneos como un hombre enérgico y persuasivo, destacó por su capacidad de negociación con autoridades de signo diverso. En varias ocasiones consiguió que tanto los mandos cantonales como los gubernamentales respetaran la neutralidad de la institución.

Durante la Revolución cantonal, Bonmatí asumió la presidencia de la sección cartagenera y se convirtió en el organizador principal de las iniciativas humanitarias. Su figura fue reconocida incluso por adversarios políticos y militares, que lo consideraban garante de la legalidad humanitaria. Numerosos testimonios de la época, recogidos en prensa local y memorias de protagonistas, lo mencionan como el verdadero motor de la asistencia sanitaria y de la acción benéfica en Cartagena.

Uno de los primeros retos de la Cruz Roja cartagenera fue la habilitación de hospitales de sangre para atender a los heridos de ambos bandos. Entre julio y noviembre de 1873 se organizaron al menos cinco centros hospitalarios, instalados en edificios civiles y religiosos adaptados a las exigencias sanitarias.

El Hospital de la Caridad, institución benéfica de larga tradición en Cartagena, se convirtió en uno de los principales escenarios de la asistencia. Sin embargo, su ubicación lo hacía vulnerable a los bombardeos de la artillería gubernamental, lo que obligó al traslado de numerosos heridos al Hospital de Marina. Esta operación, coordinada por Bonmatí, puede ser considerada un ejemplo de negociación humanitaria, pues contó con el consentimiento de las autoridades sitiadoras, que permitieron el traslado de convoyes de camillas bajo la bandera de la Cruz Roja.

4.2. La Sección de Señoras y la asistencia civil

Otros hospitales improvisados se instalaron en conventos y locales cedidos por vecinos. Las condiciones eran extremadamente precarias, puesto que los medicamentos escaseaban, los instrumentos quirúrgicos eran insuficientes y el material de cura debía fabricarse artesanalmente. Ante esta situación, se creó una red de mujeres voluntarias, conocida como la Sección de Señoras de la Cruz Roja, que confeccionaba vendas, hilos y apósitos, además de colaborar en la preparación de alimentos para los enfermos.

Los relatos de cronistas de la época subrayan que estas mujeres no sólo aportaban trabajo manual, sino también un ambiente de consuelo y cuidado, percibido por muchos combatientes como esencial para sobrellevar las penurias de la guerra33.

La Sección de Señoras representó un elemento innovador dentro de la organización humanitaria en la década de 187034. Compuesta por mujeres de la burguesía local y de familias notables, su participación trascendió lo asistencial y abrió un espacio de visibilidad femenina en un ámbito dominado por varones.

Estas mujeres organizaron comedores populares, cocinas económicas y talleres de costura que resultaron decisivos para sostener la resistencia de la población civil. El hambre se convirtió en uno de los principales problemas del asedio, dado que las reservas de grano y carne se agotaron pronto, y la población se vio obligada a recurrir a sucedáneos alimenticios como pan de bellota o sopas de hierbas de escaso valor nutritivo.

Ante esta situación, Bonmatí impulsó la creación de una cocina económica gestionada por la Sección de Señoras, que llegó a repartir centenares de raciones diarias. Esta iniciativa trascendió la beneficencia puntual y se constituyó cómo un verdadero sistema de protección social de emergencia, basado en la organización comunitaria y en la capacidad de las mujeres de intervenir activamente en la vida pública.

4.3. Ambulancias terrestres y recogida de heridos

Además de hospitales fijos, la Cruz Roja cartagenera organizó ambulancias terrestres móviles, integradas por camilleros que recorrían las calles durante los bombardeos o acompañaban a las tropas cantonales en expediciones militares hacia localidades cercanas como Lorca, Hellín o Chinchilla. Estas unidades permitían una atención inmediata en el campo de batalla, aunque los recursos eran limitados.

Las crónicas de Saturnino Giménez Enrich, periodista y primer historiador oficial de la Cruz Roja española35, ofrecen una imagen vívida de estas operaciones con el uso de camillas improvisadas con puertas desmontadas, voluntarios que avanzaban entre calles humeantes tras los bombardeos y familias que depositaban su confianza en la bandera de la Cruz Roja como símbolo de esperanza36. Giménez subrayaba que, pese a los esfuerzos, la escasez de material hacía imposible atender todos los casos, lo que obligaba a establecer criterios de prioridad dolorosos y controvertidos.

La presencia de estas ambulancias reforzó la percepción de que la Cruz Roja no era un mero organismo asistencial estático, sino una organización dinámica, capaz de penetrar en los espacios más inseguros y de ofrecer una respuesta rápida a la emergencia bélica.

4.4. Neutralidad y negociación

El mantenimiento de la neutralidad fue un reto constante para la sección cartagenera. La declaración de los buques cantonales como piratas había endurecido la postura del Gobierno central, que consideraba a los insurrectos fuera de la legalidad bélica. En este contexto, el respeto a la bandera de la Cruz Roja no estaba garantizado37.

Sin embargo, la mediación de Bonmatí permitió que en numerosas ocasiones las autoridades militares reconocieran el carácter neutral de los convoyes y hospitales. Uno de los episodios más recordados fue el traslado de los asilados de la Casa de la Misericordia desde Cartagena hasta Murcia, operación que implicaba atravesar líneas hostiles. Bonmatí negoció personalmente con los mandos gubernamentales para obtener un salvoconducto que garantizara la seguridad del convoy. Este caso se convirtió en un ejemplo paradigmático de que la acción humanitaria podía abrir espacios de entendimiento en medio de la violencia.

La labor de la Cruz Roja durante el asedio no sólo consistió en socorrer a los heridos y alimentar a los hambrientos, sino también en construir puentes de confianza entre actores enfrentados, defendiendo un espacio de humanidad en una coyuntura dominada por la guerra.

4.5. Balance del esfuerzo asistencial

La actuación de la Cruz Roja en Cartagena durante el asedio de 1873–1874 constituye un precedente fundamental en la historia del humanitarismo español. La organización logró coordinar hospitales, cocinas populares, ambulancias terrestres y redes de mujeres voluntarias, articulando un modelo de asistencia integral que atendió tanto a combatientes como a civiles.

Aunque las limitaciones materiales fueron enormes, la Cruz Roja consiguió consolidar una cultura humanitaria local que se proyectó más allá del episodio concreto de la Revolución cantonal. La memoria de Bonmatí y de la Sección de Señoras se mantuvo viva en la historiografía posterior y en los relatos familiares de Cartagena, donde la experiencia del asedio fue recordada no sólo como un episodio de violencia, sino también como una prueba de solidaridad colectiva38.

En suma, la intervención de la Cruz Roja en Cartagena demuestra que, incluso en el marco de una guerra civil y de un asedio implacable, era posible sostener la neutralidad y la asistencia humanitaria. Esta experiencia abrió un camino que anticiparía debates posteriores sobre la protección de civiles en conflictos internos y la necesidad de adaptar los principios de Ginebra a escenarios de guerra civil y de asedio urbano.

■ 5. LA INNOVACIÓN DE LA AMBULANCIA MARÍTIMA CON EL VAPOR BUENAVENTURA

5.1. Antecedentes de la asistencia sanitaria en el mar

La medicina naval del siglo XIX contaba con una tradición consolidada, vinculada tanto a la Armada como a la Marina mercante39. Los buques de guerra solían disponer de un cirujano, un practicante y un botiquín básico, pero la atención a los heridos dependía en gran medida de la improvisación y de la capacidad de evacuar a los enfermos hacia hospitales en tierra. La navegación prolongada, las epidemias de escorbuto, tifus o cólera y los frecuentes enfrentamientos armados convertían a los barcos en espacios donde la asistencia médica resultaba decisiva para la supervivencia de las tripulaciones.

Durante la guerra de Crimea (1853–1856), se habían realizado intentos pioneros de habilitar barcos para funciones hospitalarias, especialmente por parte de la Marina británica40. También en la guerra de África (1859–1860), sostenida por España en Marruecos, se produjo una pionera actuación del buque hospital Cid en 185941, liderada por el ya citado médico militar Nicasio Landa. Sin embargo, estas experiencias carecían todavía de un marco jurídico definido y no operaban bajo la bandera de la Cruz Roja, que apenas comenzaba a gestarse tras la labor de Henry Dunant en Solferino (1859). Se trataba, más bien, de iniciativas militares con fines logísticos, destinadas a evacuar a los heridos lejos del frente.

La Convención de Ginebra de 1864, innovadora en su reconocimiento de la neutralidad del personal sanitario y en la protección de los heridos en tierra, no contemplaba específicamente los conflictos navales ni la neutralidad de hospitales flotantes. Esta laguna jurídica se haría evidente en conflictos civiles como el de Cartagena y sólo sería parcialmente resuelta décadas después, primero con la Convención de Ginebra de 1906, que amplió las disposiciones humanitarias, y luego con las Conferencias de La Haya (1899 y 1907), que regularon la neutralidad de buques hospitales en el mar.

En 1873, los voluntarios de la Cruz Roja cartagenera se encontraban, por tanto, operando en un terreno ambiguo, donde la acción humanitaria no estaba amparada explícitamente por el derecho internacional. En este contexto, la decisión de habilitar un buque como ambulancia marítima representó una innovación sin precedentes, fruto tanto de la necesidad inmediata como de la audacia logística y del compromiso ético de sus promotores.

5.2. El vapor Buenaventura

El vapor Buenaventura era un buque de mediano tonelaje que fue adaptado en Cartagena para funciones sanitarias a instancias de la Cruz Roja local. La fecha exacta de su incorporación al servicio humanitario es incierta, pero las fuentes coinciden en situarla en el segundo semestre de 187342, cuando la intensidad de los combates navales aumentaba y los hospitales terrestres se veían desbordados por la llegada de heridos.

La habilitación consistió en adaptar la bodega y parte de la cubierta para instalar camillas, hamacas y puestos de cura. Se organizó un pequeño quirófano improvisado, equipado con instrumental quirúrgico básico ―bisturíes, sierras de amputación, jeringas metálicas― y con material de sutura preparado artesanalmente por la Sección de Señoras. El buque contaba además con un botiquín reforzado con medicamentos como quinina, láudano y antisépticos rudimentarios, y con tanques suplementarios de agua potable, un recurso escaso en el Cartagena sitiado.

La tripulación estaba formada por marineros civiles bajo la dirección de un capitán experimentado, y la sección sanitaria fue confiada a médicos y practicantes voluntarios de la Cruz Roja, bajo la supervisión de Antonio Bonmatí. El pabellón de la Cruz Roja ondeaba en el mástil principal, con el fin de garantizar su identificación como unidad neutral ante las flotas enfrentadas.

5.3. Operaciones de la ambulancia marítima

El Buenaventura cumplía una doble función. Por una parte, la evacuación de heridos en el mar, recogiendo combatientes de los buques cantonales y trasladándolos a tierra o atendiéndolos a bordo. Por otra, la de hospital flotante auxiliar, cuando la presión del asedio o el riesgo de bombardeo hacía inseguro el traslado inmediato a los hospitales de Cartagena.

Las narraciones de Saturnino Giménez Enrich describen cómo el Buenaventura participó en el rescate de marinos heridos durante los combates entre la flota cantonal y los buques del gobierno central, especialmente tras los bombardeos en el puerto43. En más de una ocasión, el barco fue autorizado a aproximarse a zonas de fuego para evacuar náufragos o heridos, en operaciones que requerían el consentimiento tácito de ambas partes.

El caso más emblemático fue el rescate de los heridos del vapor Fernando el Católico, alcanzado en combate. El Buenaventura, bajo la bandera de la Cruz Roja, logró evacuar a decenas de marineros heridos y trasladarlos a los hospitales de tierra, evitando que perecieran en cubierta o se ahogaran. Este episodio se puede interpretar como una demostración tangible de que la neutralidad humanitaria podía imponerse incluso en un conflicto tan polarizado.

En otras ocasiones, el Buenaventura funcionó como hospital flotante estacionado en la rada del puerto, donde los heridos recibían atención primaria hasta que pudieran ser trasladados a tierra. Este modelo anticipaba el concepto moderno de buque hospital, aunque en condiciones mucho más rudimentarias.

5.4. Impacto humanitario y simbólico

El impacto inmediato de la ambulancia marítima fue limitado en términos numéricos ―quizá algunos centenares de heridos atendidos en seis meses de operaciones―, pero su valor simbólico y pionero fue extraordinario. Representaba la extensión al ámbito naval de los principios de neutralidad, asistencia y humanidad que Henry Dunant había formulado en Un recuerdo de Solferino (1862).

Además, demostró que, en un conflicto civil, donde las garantías jurídicas eran escasas, podía construirse un espacio humanitario respetado por ambas partes. El hecho de que el Gobierno central hubiera declarado piratas a los buques cantonales no impidió que el Buenaventura realizara operaciones de rescate, lo que sugiere una tolerancia tácita hacia la acción de la Cruz Roja. La bandera blanca con la cruz roja se consolidaba, así, como un símbolo de protección en medio de la violencia.

El Buenaventura también tuvo un impacto moral sobre la población civil. En un contexto de hambre, bombardeos y epidemias, la visión de un barco consagrado exclusivamente a salvar vidas transmitía un mensaje de esperanza y recordaba que la guerra podía ser humanizada.

5.5. La recepción en la prensa y la memoria posterior

La prensa republicana y cantonalista exaltó la labor del Buenaventura como ejemplo de heroísmo civil y de solidaridad en la adversidad44. Los periódicos gubernamentales, más reticentes, reconocieron, sin embargo, la utilidad de la Cruz Roja, al señalar que incluso en la ilegalidad de la insurrección era posible atender a los heridos sin distinción de bando. Esta aceptación, aunque tácita, constituye un indicio del reconocimiento de facto de la neutralidad humanitaria en un conflicto civil. Esta doble recepción muestra cómo el lenguaje humanitario podía atravesar fronteras ideológicas.

Un año más tarde, Saturnino Giménez Enrich incorporó este episodio a su monumental Anales de la Cruz Roja (1874), donde describió al Buenaventura como pionero en la humanización de la guerra naval en su participación en el asedio cartagenero.

En la memoria local, la figura del Buenaventura quedó ligada a la de Antonio Bonmatí y a la Sección de Señoras, en un relato que destacaba la capacidad de la ciudad para innovar en medio del desastre. Aunque con el tiempo el episodio quedó relegado a un ámbito especializado, los estudios recientes sobre historia humanitaria y derecho internacional lo han rescatado como antecedente directo de los buques hospitales modernos bajo bandera neutral.

■ 6. ASPECTOS JURÍDICOS Y HUMANITARIOS DE LA AMBULANCIA MARÍTIMA

6.1. Limitaciones de la Convención de Ginebra de 1864

La Convención de Ginebra de 1864, firmada inicialmente por doce Estados europeos, constituyó el primer tratado internacional dedicado exclusivamente a la protección de los heridos y de quienes los asistían en el campo de batalla. Sus disposiciones básicas reconocían la neutralidad de los hospitales de campaña, la obligación de respetar al personal sanitario y la libre circulación de convoyes médicos bajo la enseña de la Cruz Roja. Este texto representó un hito en la humanización de la guerra, pues tradujo en normas internacionales la experiencia vivida tras la batalla de Solferino (1859), cuando Henry Dunant había observado el sufrimiento de miles de soldados sin atención médica adecuada.

Sin embargo, el tratado presentaba tres limitaciones fundamentales que afectaban directamente al caso de Cartagena, como hemos reseñado previamente. El primero fue su ámbito de aplicación, puesto que la Convención estaba concebida para guerras internacionales, no para conflictos civiles o insurrecciones internas. En consecuencia, ni los cantonales ni el Gobierno español estaban formalmente obligados a aplicarla, aunque de facto se inspiraron en sus principios. El segundo fue su dimensión naval, ya que el texto de 1864 no hacía referencia específica a los combates en el mar ni a la neutralidad de buques hospital, lo que dejaba en un vacío legal a la ambulancia marítima cartagenera. El tercero fue el concepto de reconocimiento de beligerancia al declararse piratas a los buques cantonales; el Gobierno de Madrid negaba cualquier estatus jurídico bélico a sus combatientes, dificultando aún más la aplicación del derecho humanitario.

6.2. Neutralidad y conflictos civiles

Uno de los dilemas más complejos del derecho internacional del siglo XIX fue la aplicación de normas humanitarias en guerras civiles. La doctrina clásica del ius gentium se basaba en la soberanía de los Estados y en la distinción entre conflictos internos (asunto exclusivo del Gobierno) y guerras internacionales (materia de derecho de gentes). En la práctica, esta separación generaba un vacío en la protección de las víctimas de conflictos internos, que quedaban a merced de la discrecionalidad de las autoridades nacionales.

El Cantón de Cartagena ejemplifica esta tensión de manera paradigmática, en la que el Gobierno republicano, en su intento de sofocar la insurrección, no reconoció a los cantonales como beligerantes legítimos. Sin embargo, en la práctica, tanto los mandos cantonales como los sitiadores aceptaron la presencia de la Cruz Roja y toleraron su labor. Esto significó un reconocimiento implícito de que, incluso en ausencia de un marco jurídico obligatorio, la asistencia humanitaria podía y debía respetarse.

Este reconocimiento informal anticipaba una tendencia que se consolidaría en el siglo XX con la ampliación del derecho internacional humanitario a conflictos no internacionales. Dicho proceso cristalizó en el artículo 3 común a los Convenios de Ginebra de 1949, que estableció normas mínimas para la protección de personas en guerras civiles y que hoy constituye uno de los pilares del derecho humanitario contemporáneo.

La innovación cartagenera se adelantó a los desarrollos normativos que llegarían décadas más tarde. En la Conferencia de La Haya de 1899 se abordó por primera vez de manera sistemática la neutralidad de los buques hospitales, estableciendo que las embarcaciones destinadas exclusivamente a fines sanitarios serían respetadas como neutrales siempre que estuvieran debidamente señalizadas. La Convención de Ginebra de 1906, por su parte, amplió las disposiciones humanitarias al ámbito naval, incorporando lo que en Cartagena se había ensayado de forma empírica más de treinta años antes.

El caso del Buenaventura puede leerse, por tanto, como un precedente empírico que demostró la viabilidad de los hospitales flotantes bajo bandera neutral en situaciones de guerra. Aunque no existe constancia documental de que los delegados españoles en La Haya invocaran directamente el ejemplo de Cartagena, la experiencia se difundió a través de las memorias de Saturnino Giménez Enrich y de los informes de la Cruz Roja española45. De este modo, el episodio cartagenero alimentó un debate internacional incipiente sobre la necesidad de extender las garantías humanitarias al ámbito marítimo.

6.3. Humanitarismo y legitimidad política

La acción de la Cruz Roja en Cartagena planteó, además, un dilema de legitimidad46. Al asistir a combatientes cantonales ―considerados rebeldes o piratas por el Gobierno―, ¿estaba la institución comprometiendo su neutralidad? La respuesta de Antonio Bonmatí y de los voluntarios fue clara al prestarse la asistencia sin distinción de bando, a todo herido o enfermo que lo necesitara. Esta interpretación práctica del principio de neutralidad se alineaba con la filosofía fundacional de la Cruz Roja, que buscaba aliviar el sufrimiento humano sin atender a consideraciones políticas o militares.

De hecho, existen testimonios de que heridos del ejército gubernamental también fueron atendidos en los hospitales de Cartagena, especialmente en operaciones de intercambio de prisioneros o tras evacuaciones autorizadas47. Este equilibrio permitió sostener la neutralidad de la Cruz Roja en circunstancias extremadamente difíciles y reforzó su legitimidad moral frente a la población civil.

El dilema de legitimidad no se limitaba al ámbito local. En la Europa del siglo XIX, el reconocimiento de una organización neutral que prestaba auxilio en guerras civiles implicaba un cuestionamiento indirecto de la soberanía estatal. Pese a eso, el ejemplo cartagenero mostró que era posible compatibilizar la defensa de la soberanía con el respeto a principios humanitarios básicos.

6.4. Innovación jurídica y práctica de facto

El impacto jurídico del Buenaventura radica precisamente en que operó en un vacío legal. No existía normativa internacional que amparara su neutralidad, y, sin embargo, logró en la práctica un reconocimiento tácito de ambas partes en conflicto. Esto convirtió la experiencia en un laboratorio jurídico, donde se ensayaron principios que más tarde serían codificados en tratados internacionales.

La operación del Buenaventura demostró que la validez de las normas humanitarias no dependía únicamente de su codificación legal, sino también de la aceptación práctica por los actores involucrados. El respeto mostrado por cantonales y gubernamentales hacia la ambulancia marítima evidencia que la fuerza de los principios humanitarios puede imponerse incluso en ausencia de una base jurídica sólida.

El impacto del Buenaventura puede evaluarse en varias dimensiones interrelacionadas. Por una parte, en la propia práctica sanitaria, que introdujo un modelo de hospital flotante adaptado a un contexto de guerra civil y naval, ampliando las capacidades asistenciales de la Cruz Roja más allá de los hospitales de tierra. Por otra parte, en lo que suponía de innovación jurídica, operando en un vacío legal, pero logrando un reconocimiento de facto que anticipaba futuras codificaciones del derecho de guerra que se darían décadas después en La Haya y Ginebra. Finalmente, en su proyección simbólica, al consolidarse la idea de que la neutralidad humanitaria podía ser respetada incluso en conflictos internos, abriendo camino al desarrollo del derecho humanitario moderno.

■ 7. CONCLUSIONES

7.1. Innovación humanitaria y sanitaria

La experiencia de la Cruz Roja en Cartagena durante la Revolución cantonal (1873–1874) constituye un hito en la historia de la asistencia humanitaria en Europa y un referente en la trayectoria de la Cruz Roja española. En un contexto caracterizado por la precariedad material, la violencia indiscriminada de los bombardeos y la ausencia de una normativa internacional que contemplara los conflictos internos, los voluntarios cartageneros supieron desplegar una serie de iniciativas de gran originalidad y trascendencia.

La creación de hospitales de sangre dentro de la ciudad sitiada, la organización de ambulancias terrestres para la evacuación de heridos y, especialmente, la habilitación del vapor Buenaventura como ambulancia marítima constituyen innovaciones pioneras en el ámbito de la sanidad de guerra. El hecho de convertir un barco en hospital flotante representó una verdadera revolución conceptual, puesto que por primera vez en España se reconoció que la neutralidad sanitaria podía extenderse al mar y que los buques podían funcionar como espacios de asistencia desmilitarizados.

El Buenaventura, como hospital flotante, anticipa la práctica de los modernos buques hospital y demuestra que la asistencia sanitaria podía organizarse de manera efectiva incluso en escenarios no previstos por la legislación vigente. El éxito de su funcionamiento residió en la combinación de varios factores, que incluyeron una logística rigurosa, un liderazgo civil sólido y la capacidad de negociación de la Cruz Roja local con los mandos militares de ambos bandos. Todo ello permitió que la asistencia llegara tanto a combatientes cantonales como a soldados gubernamentales e incluso a población civil, en condiciones extremas de escasez y peligro.

En este sentido, la acción cartagenera se presenta como un ejemplo temprano de adaptación creativa a los retos de la guerra, anticipando soluciones que se institucionalizarían décadas más tarde a nivel internacional.

7.2. Aplicación pragmática de la Convención de Ginebra

La experiencia de Cartagena revela también las limitaciones de la Convención de Ginebra de 1864, el primer tratado humanitario internacional. Dicho acuerdo había sido concebido exclusivamente para conflictos internacionales entre Estados reconocidos y regulaba principalmente el tratamiento de heridos en tierra. Nada decía sobre los conflictos civiles ni sobre la neutralidad de buques sanitarios.

Ante ese vacío legal, la Cruz Roja cartagenera optó por aplicar los principios de Ginebra de manera pragmática y flexible. No podía reclamar una cobertura jurídica estricta, pero sí invocar los valores de neutralidad y humanidad que inspiraban la convención. De este modo, logró que tanto los cantonales como las fuerzas sitiadoras aceptaran, al menos de manera informal, la neutralidad del Buenaventura y de los hospitales de sangre.

Este reconocimiento de facto supuso un precedente crucial. En un momento en el que el derecho internacional aún no había extendido sus disposiciones a los conflictos internos, la práctica cartagenera abrió camino a debates posteriores que culminarían en el artículo 3 común a los Convenios de Ginebra de 1949, destinado precisamente a los conflictos no internacionales. Asimismo, la experiencia anticipó las normas sobre neutralidad de hospitales flotantes que serían incorporadas en La Haya (1899) y Ginebra (1906).

En este sentido, la ambulancia marítima de Cartagena puede interpretarse como un laboratorio jurídico y humanitario, donde la sociedad civil y las instituciones humanitarias ensayaron soluciones que el derecho internacional tardaría varias décadas en codificar.

7.3. Proyección social y civil

La labor de la Cruz Roja cartagenera no se limitó a la atención médica. Uno de los aspectos más notables fue la creación de la Sección de Señoras de la Cruz Roja, integrada por mujeres que desempeñaron tareas de logística, preparación de vendajes, aprovisionamiento y cuidado de heridos. Este hecho no sólo amplió la base social de la institución, sino que también visibilizó un protagonismo femenino inédito en la esfera pública española del siglo XIX.

Junto a la labor sanitaria, se desarrollaron iniciativas de asistencia alimentaria y social destinadas a mitigar el sufrimiento de la población civil, sometida a bombardeos constantes y al desabastecimiento. Estas acciones contribuyeron a mantener un mínimo de cohesión social en la ciudad sitiada, fortaleciendo redes de solidaridad y legitimando a la Cruz Roja como referente moral.

El liderazgo de Antonio Bonmatí resulta aquí central. Su figura encarna el papel del mediador o héroe humanitario al ser un ciudadano sin rango militar que, gracias a su prestigio y capacidad de negociación, logró interlocución con los jefes cantonales y con los mandos gubernamentales. Su acción demuestra cómo la iniciativa civil, articulada con criterios de neutralidad y eficiencia, puede tener un impacto decisivo en contextos bélicos.

En este sentido, la experiencia cartagenera muestra la complementariedad entre asistencia sanitaria y asistencia social, ambas indispensables para sostener la resiliencia de la población en una guerra prolongada y devastadora.

7.4. Legado histórico y simbólico

El recuerdo de la ambulancia marítima y de los hospitales de sangre se ha mantenido vivo en la memoria local de Cartagena y en la historiografía especializada. Aunque durante mucho tiempo la narrativa dominante sobre la Revolución cantonal se centró en sus aspectos políticos y militares, en las últimas décadas se ha revalorizado su dimensión humanitaria como un precedente europeo en la innovación sanitaria de guerra.

Autores como Antonio Puig Campillo, en La primera ambulancia marítima (1930), contribuyeron a consolidar esta memoria desde una perspectiva institucional de la Cruz Roja. Más recientemente, la historiografía contemporánea ha destacado el carácter pionero de Cartagena en la configuración de hospitales flotantes y en la aplicación pragmática de principios humanitarios en un conflicto civil.

El legado simbólico del Buenaventura va más allá de la anécdota local al representar la posibilidad de que, incluso en un escenario de violencia fratricida, los principios de neutralidad y humanidad puedan ser reconocidos y respetados. La Revolución cantonal, a menudo presentada como un episodio de caos y desorden, aparece también como un espacio de experimentación en ética humanitaria, donde se ensayaron fórmulas de asistencia que anticiparon la evolución del derecho humanitario moderno.

Imagen 2. Situación de las fragatas Victoria y Almansa en Escombreras, antes de la salida para Gibraltar.
Autor: Dibujo de Laporta.
Fuente: La Ilustración española y americana. Año XVII. Núm. 35. Madrid, 16 de setiembre de 1873, p. 561.

■ FINANCIACIÓN

Este artículo ha sido posible gracias a la financiación del proyecto Crisis humanitarias, medicina y salud en tiempos de guerra y posguerra (1868-1956). Prácticas, experiencias, tecnologías (PID2024-156353NB-I00) financiado por la Agencia Estatal de Investigación.

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■ NOTAS

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2. Juan Ferrando Badía, «Ocaso de la República española de 1873: La revolución cantonal», Revista de estudios políticos 183–184 (1972): 49–66.

3. John Malloy Owen, Liberal Peace, Liberal War: From the Virginius Affair to the Spanish-American War (Cornell University Press, 1997), 40. Ron Soodalter, «To the Brink in Cuba 1873», Military History 26, n.º 4 (2009): 62–67. Richard H. Bradford, The Virginius Affair (Colorado Associate University Press, 1980).

4. Maria Alice Medioni, El Cantón de Cartagena (Siglo XXI, 1979), 14–21.

5. J. Carlos García-Reyes, Guillermo Sánchez-Martínez y Jon Arrizabalaga, «Movilización patriótica, medicina de guerra y humanitarismo: la Cruz Roja española en los conflictos civiles del sexenio democrático», Revista Estudos do Século XX ,12 [2012]: 69–86.

6. Existen varios buques que durante la época responden al nombre de Buenaventura. Parece descartado que fuera el buque de la Armada denominado goleta Buenaventura, un cañonero que fue botado en el astillero de La Carraca en Cádiz en 1857, puesto que durante los hechos del Cantón de Cartagena se encontraría destinado en la campaña del norte contra los carlistas y en tareas de evitar el contrabando de armas (Leopoldo Fernández Gasalla, «El contrabando de armas durante la III Guerra Carlista. El incidente del Deerhound [1873]», Revista de Historia Naval 41, n.º 160 [2023]: 49–84). Tampoco otro vapor comercial denominado Buenaventura, primer buque español en atravesar el Canal de Suez en 1871, perteneciente a la compañía de Olano, Larrinaga y Cía, parece ser el mismo buque (Jesús María Valdaliso, «Bandera y colonias españolas, navieros y marinos vizcaínos, y capital y comercio británicos. Las navieras anglo-bilbaínas en el último tercio del siglo XIX», Itsas Memoria. Revista de Estudios Marítimos del País Vasco 4 [2003]: 455–471).

7. Antonio Puig Campillo, La primera ambulancia marítima: historia de la Cruz Roja en las guerras civiles del siglo XIX. Cruz Roja, 1988 [1930]. Pérez Crespo, El cantón murciano, 64.

8. Francisco Henares Díaz, «Las memorias sobre el Cantón, un género histórico-literario particular», Anales de Historia Contemporánea 3 (1993): 189–203. José María Rubio Paredes y Antonio Pérez Crespo. Memorias malditas del cantón murciano (Real Academia Alfonso x el Sabio, 1994). Juan Botella Carbonell, Memorias de un cantonal: novela histórica (Librería de Juan Oliveres, 1877). Eduardo García Alcántara, Memorias de la revolución cantonal iniciada en Cartagena el 14 de julio de 1873 (Impr. de El Argentino, 1875). José López Domínguez, Cartagena: memoria y comentarios sobre el sitio de Cartagena (Estab. tip. de J.C. Donde y Compañía, 1877).

9. Jon Arrizabalaga, «The “merciful and loving sex”: Concepción Arenal’s narratives on Spanish Red Cross women’s war relief work in the 1870s», Medicine, Conflict and Survival 36, n.º 1 (2020): 41–60.

10. Anónimo, Apuntes para la historia de Cartagena: colección íntegra de El Cantón murciano (Imp. de José Requena Hernández, 1891). Isidoro Valverde, El Cantón Murciano, órgano oficial de la Federación: Estudio realizado sobre el facsímil editado en Cartagena en 1891 (Molegar, 1973).

11. Medioni, El Cantón de Cartagena.

12. Juan Bautista Vilar Ramírez, El sexenio democrático y el Cantón murciano (1868–1874) (Academia Alfonso x el Sabio, 1983).

13. Pérez Crespo, El cantón murciano.

14. José Barón Fernández, El movimiento cantonal de 1873 (Iª República) (Ediciós do Castro, 1998).

15. Antonio Puig Campillo, La intervención de Alemania en el Cantón Murciano (Garrido, 1918). Vilar Ramírez, El sexenio democrático y el Cantón murciano (1868–1874).

16. Jeanne Moisand, Federación o muerte: los mundos posibles del Cantón de Cartagena (1873) (Catarata, 2023).

17. José María Jover Zamora, Historia y civilización: escritos seleccionados (Universitat de València, 1997), 210.

18. Eduardo Carrión García, La asistencia sanitaria en la sublevación cantonal de Cartagena, tesis doctoral (Universitat d’Alacant, 2023).

19. John A. Shepherd, The Crimean Doctors: A History of the British Medical Services in the Crimean War, vol. 1. (Liverpool University Press, 1991), 389, 437, 545–554.

20. Laura L. Behling, ed., Hospital Transports: A Memoir of the Embarkation of the Sick and Wounded from the Peninsula of Virginia in the Summer of 1862 (SUNY Press, 2005), 3–44.

21. Josep Fontana, «La revolución de 1868», en La época del liberalismo. Historia de España, 6, dirigido por Josep Fontana y Ramón Villares (Editorial Crítica, 2007).

22. Francisco Javier Salmerón Giménez, «Antonete Gálvez y las sublevaciones republicanas de Murcia y Cartagena», Andelma 15, n.º 26 (2017): 3–12.

23. Ester García Moscardó, Roque Barcia Martí (1821–1885): Auge y caída de un nuevo mesías revolucionario (Comares, 2021). Jesús Rodríguez Rubio, «Roque Barcia, su último manifiesto cantonal», Anales de Historia Contemporánea 9 (1993): 217–25.

24. Anónimo, La declaración de piratas de los buques insurrectos de Cartagena (Imp. Fontanet, 1873), 36.

25. López Domínguez, Cartagena: memoria y comentarios sobre el sitio de Cartagena, 25–92, 201–203.

26. Teresa Huguet-Termes y J. Carlos García-Reyes, «War Medicine and Innovation in Late 19th Century Europe: A Preliminary Survey from the Franco-Prussian to the Second Carlist War», en Health Institutions at the Origin of the Welfare Systems in Europe, editado por Pilar León Sanz (EUNSA, 2010).

27. Con respecto a la denominación de este conflicto, seguimos la denominación de Vicente Garmendia, La Segunda Guerra Carlista (1872–1876) (Siglo XXI, 1976) y Jordi Canal, Dios, patria, rey: carlismo y guerras civiles en España (Sílex, 2023).

28. García-Reyes, Sánchez-Martínez y Arrizabalaga, «Movilización patriótica, medicina de guerra y humanitarismo: la Cruz Roja española en los conflictos civiles del sexenio democrático».

29. Nicasio Landa, El derecho de la guerra conforme a la moral, 3.ª ed. (Lorda, 1877).

30. Jon Arrizabalaga, y Guillermo Sánchez-Martínez, «Nicasio Landa, 1830–1891, le Comité de Genève et la première Croix-Rouge espagnole», en Humanitaire & Médecine. 1. Les Premiers Pas de la Croix-Rouge 1854–1870 (Genève Humanitaire, Centre de Recherches Historiques & Institut d'Histoire de la Médecine et de la Santé, 2013).

31. Carrión García, La asistencia sanitaria en la sublevación cantonal de Cartagena, 99–104.

32. Pedro María Egea Bruno y José Jesús García Hourcade, coords., Antonio Bonmatí i Caparrós (1830–1907) (Fundación Centro de Estudios Históricos e Investigaciones Locales de la Región de Murcia, 1998).

33. Saturnino Giménez Enrich, Anales de la Cruz Roja: origen, vicisitudes y desenvolvimiento de la asociación que lleva este nombre (Tip. editorial de Espasa Hermanos, 1874), 662–716. Puig Campillo, La primera ambulancia marítima: historia de la Cruz Roja en las guerras civiles del siglo XIX, 135–138.

34. Dolores Martín-Moruno, Brenda Lynn Edgar y Marie Leyder, «Feminist perspectives on the history of humanitarian relief (1870–1945)», Medicine, Conflict and Survival 36, n.º 1 (2020): 2–18.

35. J. Carlos García-Reyes, «El polígrafo menorquín Saturnino Giménez Enrich (1853–1933): agente humanitario, explorador científico, corresponsal de guerra», en Sadurní Ximénez: a la recerca de la notícia més enllà de les fronteres, coordinado por Miquel Àngel Limón Pons (Institut Menorquí d’Estudis, 2022).

36. Giménez Enrich, Anales de la Cruz Roja: origen, vicisitudes y desenvolvimiento de la asociación que lleva este nombre, 662–716. Saturnino Giménez Enrich, Cartagena: recuerdos cantonales (Sociedad Bibliográfica Peninsular, 1875), 155, 219.

37. Giménez Enrich, Anales de la Cruz Roja: origen, vicisitudes y desenvolvimiento de la asociación que lleva este nombre, 662–716.

38. Egea Bruno y García Hourcada, Antonio Bonmatí; i Caparrós (1830–1907), 131–155.

39. Manuel Gracia Rivas, «La sanidad naval española: de Lepanto a Trafalgar», Cuadernos de Historia Moderna 5 (2006): 167–85. Guillermo Nicieza Forcelledo, «Los cirujanos de la Real Armada española en el siglo XVIII». L’Aigle: revista de historia napoleónica 2 (2023): 21–47. Javier Moreno Rico, «Condiciones de vida y de trabajo en la marina mercante decimonónica», Revista de historia naval 29, n.º 115 (2011): 25–52.

40. Neil Westphalen, «Victorian Naval Warfare, Ships and Medicine 1815–1900», Journal of Military and Veterans Health 33, no. 2 (2025): 40–62.

41. Nicasio Landa, La Campaña de Marruecos: memorias de un médico militar, 2.ª ed. (Bailly-Bailliere, 1866), 52–56. O. González García, «El vapor de ruedas “Cid”: de pionero de la navegación comercial a vapor a primer vapor hospital», Sanidad Militar 72, n.º 3, (2016): 235–245.

42. Puig Campillo, La primera ambulancia marítima: historia de la Cruz Roja en las guerras civiles del siglo XIX, 125–126.

43. Giménez Enrich, Anales de la Cruz Roja: origen, vicisitudes y desenvolvimiento de la asociación que lleva este nombre, 662–716.

44. Anónimo, Anónimo, Apuntes para la historia de Cartagena: colección íntegra de El Cantón murciano. Valverde, El Cantón Murciano, órgano oficial de la Federación: Estudio realizado sobre el facsímil editado en Cartagena en 1891.

45. Giménez Enrich, Cartagena: recuerdos cantonales. Giménez Enrich, Anales de la Cruz Roja: origen, vicisitudes y desenvolvimiento de la asociación que lleva este nombre.

46. Giménez Enrich, Anales de la Cruz Roja: origen, vicisitudes y desenvolvimiento de la asociación que lleva este nombre, 662–716.

47. Giménez Enrich, Cartagena: recuerdos cantonales, 124.